
México ha desplazado a Venezuela como el principal proveedor de crudo y derivados para Cuba, una posición que intensifica la fricción diplomática con Estados Unidos. Tras la captura de Nicolás Maduro y el bloqueo de los suministros provenientes de Caracas impulsado por Washington, el gobierno mexicano ha mantenido el flujo de combustible hacia la isla bajo el argumento de ayuda humanitaria. Recientemente, el arribo del buque Ocean Mariner a La Habana con 86,000 barriles de combustible confirmó que los embarques continúan, a pesar de que el secretario de Energía estadounidense, Chris Wright, señaló que aún no se ha pedido formalmente a México detener estas operaciones.
Sin embargo, el panorama se oscurece ante la posibilidad de represalias económicas por parte de la administración de Donald Trump. Especialistas en el sector energético advierten que, debido a la política de “presión máxima”, el gobierno estadounidense podría imponer aranceles o sanciones comerciales a México para forzar el cese del tráfico de hidrocarburos hacia Cuba. Este escenario coloca al gobierno mexicano en una encrucijada estratégica, donde debe decidir entre mantener su política de solidaridad regional o proteger su estabilidad comercial con Estados Unidos ante la amenaza de sanciones similares a las aplicadas contra Irán.



